Por Redacción | Martes 10 de febrero de 2026, 14:45 h.
Durante décadas, hablar de Petróleos Mexicanos (Pemex) era hablar de una contradicción dolorosa: la empresa que más dinero generaba para el país era, al mismo tiempo, la más endeudada del planeta. Esta paradoja no fue un accidente administrativo ni una simple mala racha de los mercados internacionales; fue el resultado de un diseño deliberado. Sin embargo, en los últimos años y consolidándose en este 2026 bajo la administración de la Presidenta Claudia Sheinbaum, hemos sido testigos de un cambio radical en la estrategia fiscal que rige la relación entre la petrolera y la Secretaría de Hacienda.
Lo que estamos viendo hoy no es un simple ajuste de cuentas; es una cirugía mayor a las finanzas públicas de México. Para entender la magnitud de este cambio, es necesario ir más allá de los titulares escandalosos sobre la deuda y adentrarse en las letras chiquitas del presupuesto. A continuación, desglosamos los tres datos clave que muy pocos conocen y que explican cómo la nueva estrategia fiscal le ha devuelto el oxígeno a un gigante que muchos daban por muerto.
1. El fin de la «asfixia confiscatoria» (El DUC)
El primer secreto de este viraje radica en unas siglas que aterrorizaron a los directores de Pemex durante cuarenta años: el DUC (Derecho de Utilidad Compartida). Históricamente, este impuesto funcionaba como una guillotina financiera. Por cada barril que Pemex extraía, el gobierno federal le confiscaba, vía la antigua estrategia fiscal, hasta el 65% o más de su valor, independientemente de si la empresa tenía utilidades o no.
Esta carga tributaria obligaba a la petrolera a una dinámica perversa: para pagar la nómina, el mantenimiento de las plataformas o la exploración de nuevos pozos, Pemex tenía que pedir prestado, porque Hacienda se llevaba todo el flujo de efectivo. La deuda no crecía por ineficiencia operativa, sino por necesidad de supervivencia.
El dato revelador de 2026 es la reducción histórica de esta tasa. La actual estrategia fiscal ha reducido el DUC a niveles cercanos al 30% (y en algunos campos específicos, incluso menos), alineando la carga tributaria de Pemex con la de otras petroleras internacionales. Este cambio, iniciado en el sexenio anterior y profundizado ahora, permite que la empresa retenga, por primera vez en décadas, una parte significativa de sus propias ganancias. No es que el gobierno le esté «regalando» dinero a Pemex; simplemente ha dejado de quitárselo todo, permitiendo una capitalización natural que antes era imposible.

2. La deuda como responsabilidad soberana
El segundo pilar de esta renovada estrategia fiscal tiene que ver con el manejo de la deuda. Durante el periodo neoliberal, se insistió en tratar a Pemex como una «Empresa Productiva del Estado» que debía rascarse con sus propias uñas en los mercados internacionales, pagando tasas de interés altísimas debido a la percepción de riesgo.
Lo que pocos saben es que la estrategia fiscal actual ha desdibujado la línea artificial entre la deuda de Pemex y la deuda soberana de México. Hacienda ha asumido pagos de amortizaciones de la petrolera, inyectando capital directamente o permitiendo diferimientos de pagos. ¿Por qué es esto un secreto a voces importante? Porque al respaldar explícitamente la deuda de Pemex con la garantía del Estado mexicano, se logró reducir el costo del financiamiento.
Los bonistas en Nueva York o Londres ya no ven a Pemex como una entidad aislada al borde de la quiebra, sino como un brazo estratégico del gobierno mexicano. Esta maniobra de ingeniería financiera ha permitido refinanciar pasivos a plazos más largos y tasas más manejables, evitando el «default» que las calificadoras pronosticaban año tras año. La estrategia fiscal dejó de ver a la deuda de Pemex como un problema corporativo para entenderla como un asunto de seguridad nacional.
3. Inversión en refinación: El cambio de paradigma
El tercer dato, y quizás el más polémico, es el cambio en el destino de los recursos. La anterior estrategia fiscal estaba diseñada para un modelo puramente extractivista: sacar petróleo crudo, venderlo rápido y usar los dólares para importar gasolina cara. Bajo ese esquema, las refinerías nacionales fueron abandonadas porque «no eran negocio» frente a la importación.
Hoy, la lógica se ha invertido. Los recursos liberados por la menor carga fiscal se han dirigido a la rehabilitación del Sistema Nacional de Refinación y a la operación plena de la refinería Olmeca en Dos Bocas. Aunque los críticos señalan que la refinación tiene márgenes de ganancia menores que la extracción, la nueva estrategia fiscal valora algo que no aparece en los balances tradicionales: la seguridad energética.
Al producir combustibles en casa, Pemex reduce su exposición a la volatilidad del dólar y a los precios internacionales de la gasolina. Este «seguro» implícito protege la economía de las familias mexicanas contra los gasolinazos. Fiscalmente, esto significa que el Estado deja de subsidiar masivamente la importación de combustibles y comienza a generar valor agregado interno. Es una apuesta a largo plazo: sacrificar la rentabilidad inmediata de la exportación de crudo a cambio de la estabilidad económica interna.
Conclusión: Un gigante en recuperación
La estrategia fiscal aplicada a Pemex en 2026 no es mágica ni resolverá los problemas estructurales de la noche a la mañana. La deuda sigue siendo monumental y los retos operativos son enormes. Sin embargo, negar el cambio de rumbo sería una ceguera analítica.
Hemos pasado de un modelo de «ordeña» sistemática a uno de rescate y saneamiento progresivo. Por primera vez, Hacienda y Pemex juegan en el mismo equipo, entendiendo que la salud financiera de la petrolera es indispensable para la salud económica de la nación.
La estrategia fiscal ya no busca exprimir la última gota de crudo para tapar huecos presupuestales inmediatos, sino construir una empresa que pueda sostenerse a sí misma en las décadas por venir. Los tres secretos revelados aquí —la reducción del DUC, el respaldo soberano a la deuda y la inversión en valor agregado— conforman la columna vertebral de un rescate que pasará a la historia económica de México como el momento en que decidimos no dejar morir a nuestro activo más valioso.
La pregunta ya no es si Pemex sobrevivirá, sino qué tan rápido podrá sanar las heridas de cuatro décadas de abandono financiero. Y la respuesta, sin duda, está en la continuidad y disciplina de esta nueva estrategia fiscal.








