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Por Redacción

La escena se repite con una monotonía aterradora en pollerías del Estado de México, en tortillerías de Guerrero, en bares de Cancún y, como vimos recientemente con el caso del peleador Christian David López, en tianguis de la Ciudad de México. Un hombre llega, a veces en moto, a veces a pie. No siempre muestra un arma; a veces solo deja un papel con un número de teléfono o un «regalo» macabro. En ese instante, la vida del comerciante cambia para siempre. Ha entrado en la estadística negra del cobro de piso, un delito que opera como un impuesto sombra, drenando la sangre de la economía nacional bajo el amparo de la impunidad.

A diferencia del narcotráfico, que requiere logística transnacional, túneles o submarinos, el cobro de piso es un delito parasitario de proximidad. Se alimenta del vecino, del emprendedor, del que tiene un local a la vista de todos. Es la forma más eficiente y silenciosa que han encontrado las bandas criminales para financiar sus guerras, convirtiendo a ciudadanos honestos en sus cajeros automáticos forzosos.

Para entender por qué este fenómeno es tan difícil de erradicar, debemos diseccionar su anatomía. Esta es la crónica de cómo el crimen organizado se apodera de un territorio, no a balazos, sino a través del miedo administrado.

1. El «Censo» Criminal

Todo comienza con la observación. Antes de la primera amenaza, los «halcones» o informantes ya han hecho la tarea. Saben a qué hora abre la ferretería, cuántos clientes entran al restaurante y quién es el dueño del taller mecánico. El cobro de piso no es aleatorio; es una industria basada en la información.

Las bandas criminales realizan un verdadero censo económico de la zona. Calculan las ganancias de sus víctimas con una precisión que envidiaría el SAT. Cuando se acercan por primera vez, no están adivinando; saben exactamente cuánto pueden exprimir sin matar al huésped inmediatamente. Es una auditoría del terror donde el único balance contable es la supervivencia.

Cobro de piso
Cobro de piso: 6 fases del terror silencioso que asfixia a México 4

2. La «Invitación» Amistosa

La primera fase del cobro de piso suele ser desconcertantemente amable. Un sujeto se presenta ofreciendo «seguridad». La ironía es cruel: ofrecen protegerte de ellos mismos o de sus rivales. «Queremos que trabaje tranquilo, patrón», dicen. Es una oferta que no se puede rechazar.

En esta etapa, muchos comerciantes intentan racionalizar la situación. Piensan que es un pago único, un soborno para que los dejen en paz. Sin embargo, al entregar el primer sobre, firman un contrato vitalicio. El cobro de piso nunca es un evento de una sola vez; es una suscripción mensual al derecho de seguir respirando y manteniendo las cortinas del negocio arriba.

3. La Escalada de Violencia

Si el comerciante se niega, se retrasa o intenta denunciar, la máscara de «seguridad» cae. Aquí es donde el cobro de piso muestra su verdadero rostro. Comienzan las llamadas nocturnas, las fotos de los hijos saliendo de la escuela enviadas por WhatsApp, o los daños materiales «accidentales»: una fachada quemada, cristales rotos, robos extraños donde no se llevan nada de valor, solo destruyen.

El objetivo ya no es solo el dinero, es el mensaje. El crimen organizado necesita ejemplos. Necesita que el resto de la calle vea lo que pasa cuando no se paga la cuota. La violencia se convierte en una herramienta de marketing macabro para asegurar que el resto de los vecinos paguen el cobro de piso sin chistar.

4. La Diversificación del Delito

Lo que hace al cobro de piso particularmente resiliente es su capacidad de adaptación. Ya no se limita a grandes empresarios o bares nocturnos. Hoy, la extorsión ha permeado hasta la base de la pirámide económica. Se reportan casos de cobros a vendedores de elotes, a limpiaparabrisas e incluso a iglesias y escuelas.

Esta democratización de la extorsión significa que nadie está a salvo. Las bandas criminales han entendido que es más seguro y rentable cobrarle 500 pesos a la semana a mil pequeños comerciantes, que intentar secuestrar a un gran magnate que atraerá la atención federal. El cobro de piso hormiga es casi imposible de rastrear y genera un flujo de efectivo constante y líquido para las organizaciones delictivas.

Cobro de piso
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5. El Silencio como Ley

La cifra negra de este delito es abrumadora. Se estima que menos del 3% de los casos de cobro de piso se denuncian. ¿La razón? La desconfianza total en las autoridades. En muchas ocasiones, las víctimas descubren con horror que la policía local está coludida con los extorsionadores.

Denunciar equivale a ponerse una diana en la espalda. El comerciante prefiere cerrar, mudarse o subir los precios de sus productos para costear la extorsión. Así, el cobro de piso se convierte en un factor inflacionario invisible. Cuando compras un kilo de tortillas o un aguacate más caro, a menudo estás pagando, sin saberlo, la cuota del crimen organizado. Todos financiamos indirectamente a las bandas que nos aterrorizan.

6. La Sustitución del Estado

El aspecto más peligroso del cobro de piso es político: representa la pérdida de soberanía del Estado. Cuando una banda criminal cobra impuestos (la cuota) y ofrece «seguridad» (evitar que te maten) y «justicia» (castigar a ladrones comunes que interfieren en su territorio), está suplantando las funciones básicas del gobierno.

En ciertas regiones del país, el pagador de la cuota acude al jefe de plaza para resolver disputas vecinales en lugar de ir al Ministerio Público. Esta normalización del cobro de piso como una autoridad de facto erosiona el tejido social y crea una cultura de sumisión ante el poder de fuego, donde la ley escrita es irrelevante frente a la ley de la selva.

El costo humano

Detrás de la sociología del crimen, quedan las historias humanas rotas. Familias que heredaron un negocio de tres generaciones y tienen que bajar la cortina en una semana. Jóvenes emprendedores que ven sus sueños truncados por una llamada telefónica. O casos trágicos como el de Azcapotzalco, donde la resistencia se pagó con la vida.

El cobro de piso no es solo un delito patrimonial; es un crimen contra la libertad y el desarrollo. Mientras las autoridades presumen cifras macroeconómicas o despliegues de la Guardia Nacional, en las calles, el verdadero «SAT» del crimen sigue recaudando millones, asfixiando lentamente el espíritu de un país que quiere trabajar, pero al que le cobran por hacerlo.

Combatir el cobro de piso requiere más que patrullajes; requiere inteligencia financiera para seguir el dinero, depuración policial real y mecanismos de denuncia anónima blindados. Hasta que eso suceda, el silencio seguirá siendo el sonido más fuerte en los mercados y plazas de México.

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