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Por Redacción | 03 de enero de 2026 | 11:15 hrs

La imagen de Nicolás Maduro siendo escoltado por agentes federales estadounidenses no es solo el epílogo de una dictadura política; es la caída de uno de los capos más escurridizos del hemisferio. Durante años, la comunidad internacional debatió si el régimen chavista era simplemente incompetente o deliberadamente criminal. Hoy, con los expedientes abiertos, la duda se disipa: el narcotráfico en Venezuela no fue una anomalía, fue una política de Estado.

A diferencia de Colombia o México, donde los cárteles combaten al gobierno, en la Venezuela madurista los cárteles eran el gobierno. Bajo la estructura conocida como el «Cártel de los Soles», altos mandos militares y funcionarios civiles convirtieron la geografía venezolana en la autopista de cocaína más segura del mundo.

A continuación, presentamos las 5 pruebas y conexiones letales que la DEA y la Fiscalía de Nueva York armaron pacientemente durante una década para sustentar la acusación de «narcoterrorismo» que hoy tiene a Maduro tras las rejas.

1. El Cártel de los Soles: La jerarquía militar de la droga

El término «Cártel de los Soles» no refiere a una organización criminal externa, sino a las insignias (soles) que portan los generales de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB). El narcotráfico en Venezuela creció bajo el amparo de estos uniformes.

Según las investigaciones del Departamento de Justicia de EE.UU., reveladas en la acusación formal de marzo de 2020, Nicolás Maduro no era un espectador, sino el líder de esta estructura junto a figuras como Diosdado Cabello y el general Vladimir Padrino López. La acusación detalla cómo se utilizó la infraestructura estatal —radares aéreos apagados, puertos marítimos militarizados y vehículos oficiales— para garantizar el tránsito de toneladas de cocaína provenientes de Colombia hacia Estados Unidos y Europa. La «seguridad nacional» se convirtió en seguridad privada para la mercancía ilícita.

2. La conexión mexicana: Sinaloa en el Zulia

Uno de los secretos a voces del narcotráfico en Venezuela fue su alianza estratégica con los cárteles mexicanos, específicamente con el Cártel de Sinaloa. El estado Zulia, fronterizo con Colombia, se transformó en un hub logístico vital.

Informes de inteligencia y hallazgos en pistas clandestinas demostraron que emisarios de «El Mayo» Zambada y «Los Chapitos» operaban con total libertad en territorio venezolano. Las famosas «narcoavionetas» mexicanas aterrizaban en pistas custodiadas por la Guardia Nacional Bolivariana, cargaban combustible subsidiado por PDVSA y despegaban repletas de «oro blanco» hacia Centroamérica. Venezuela ofrecía algo que ningún otro país podía: impunidad aérea garantizada por el Estado.

3. El caso de los «Narcosobrinos» (2015)

Si había dudas sobre la implicación del círculo íntimo de Maduro en el narcotráfico en Venezuela, el caso de los sobrinos de la primera dama, Cilia Flores, las despejó todas. Efraín Antonio Campo Flores y Franqui Francisco Flores de Freitas fueron detenidos en Haití en una operación encubierta de la DEA en 2015.

Durante el juicio en Nueva York, se revelaron grabaciones donde los sobrinos presumían de su acceso a la rampa presidencial del aeropuerto de Maiquetía para sacar la droga sin revisiones. «El dinero es para la campaña de mi mamá», se escuchó en los audios, refiriéndose a Cilia Flores. Fueron condenados, y aunque luego fueron canjeados por presos estadounidenses en un intercambio político, su sentencia dejó una marca indeleble: la familia presidencial estaba en el negocio.

4. La alianza con las FARC y el ELN: Santrich y Márquez

Nicolás Maduro siempre se vendió como un «hombre de paz», pero las pruebas indican que convirtió a Venezuela en el santuario de los grupos terroristas más peligrosos de la región. El narcotráfico en Venezuela se nutrió de la sociedad con las disidencias de las FARC (Segunda Marquetalia) y el Ejército de Liberación Nacional (ELN).

Líderes guerrilleros como Jesús Santrich e Iván Márquez, buscados por la justicia colombiana y estadounidense, vivieron a cuerpo de rey en Caracas bajo la protección del SEBIN. A cambio de refugio y armas, estos grupos entregaban al Cártel de los Soles el control de las rutas de salida de la droga producida en el Catatumbo colombiano. Videos filtrados mostraron a guerrilleros armados entregando cajas de comida CLAP, evidenciando la fusión total entre el Estado, el partido y el narco-guerrilla.

5. Tareck El Aissami y la ruta de Medio Oriente

El narcotráfico en Venezuela no solo miraba al norte; también miraba al este. Tareck El Aissami, quien fuera Vicepresidente y Ministro de Petróleo (y posteriormente caído en desgracia en una purga interna), fue señalado por el Tesoro de EE.UU. como un capo internacional de la droga.

Las investigaciones apuntaron a que El Aissami facilitó la emisión de pasaportes venezolanos a miembros de Hezbollah, creando una red de lavado de dinero que conectaba las ganancias de la cocaína con el financiamiento del terrorismo en Medio Oriente. Esta conexión global elevó la amenaza de Maduro de un problema regional a un problema de seguridad nacional para Estados Unidos, siendo la pieza final que justificó la operación de captura.

El fin del Narcoestado

Durante años, Nicolás Maduro desestimó estas acusaciones llamándolas «novelas del imperio». Sin embargo, la acumulación de evidencia forense, testimonios de desertores como el general Cliver Alcalá y las intercepciones electrónicas construyeron un caso blindado.

El narcotráfico en Venezuela deterioró la sociedad desde sus cimientos. No solo corrompió a las instituciones, sino que generó una economía burbuja donde los dólares del crimen desplazaron al trabajo honesto. Hoy, con la cúpula del Cártel de los Soles desmantelada o en fuga, Venezuela enfrenta el reto titánico de limpiar sus instituciones.

La historia juzgará a Nicolás Maduro no solo como un dictador que empobreció a su pueblo, sino como el gerente de una empresa criminal que secuestró un país entero para ponerlo al servicio del crimen organizado transnacional. La justicia ha llegado, pero el daño moral y social tardará décadas en repararse.

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