Por Redacción | Lunes 9 de febrero de 2026, 19:00 h.
En las salas de espera de los hospitales públicos, entre el murmullo de las consultas generales y las urgencias cotidianas, un sonido antiguo y persistente ha vuelto a cobrar protagonismo. No es la tos seca y esporádica de una gripe estacional, ni la fatiga conocida de las secuelas virales que nos dejó la pandemia de hace un lustro. Es algo más profundo, un eco cavernoso que preocupa a los neumólogos y epidemiólogos por igual. La tuberculosis, esa vieja conocida de la humanidad que muchos creían relegada a los libros de historia o a zonas de extrema marginación, ha vuelto a encender las alarmas sanitarias en este 2026, mostrando una resiliencia que desafía los avances médicos modernos.
Lo que comenzó como reportes aislados en clínicas periféricas se ha transformado en una tendencia estadística que ya no puede ser ignorada. Los casos de tuberculosis respiratoria, la forma más común y contagiosa de esta patología, están registrando un alza sostenida, especialmente en los grandes núcleos urbanos donde la densidad poblacional y las condiciones de vida crean el caldo de cultivo perfecto para el bacilo de Koch.
El retorno del gigante dormido
Para entender la magnitud del problema, es necesario mirar más allá de las cifras frías. Hay que caminar por los pasillos de las clínicas de neumología, donde pacientes que llevan meses perdiendo peso sin explicación aparente, finalmente reciben un diagnóstico que los deja helados. La tuberculosis no desapareció; simplemente se agazapó, esperando el momento de debilidad colectiva. Tras años donde la atención mundial se centró casi exclusivamente en los virus emergentes, los programas de detección temprana de enfermedades bacterianas sufrieron un relajamiento involuntario pero costoso.
Hoy, los especialistas advierten que la tuberculosis está aprovechando las brechas inmunológicas y sociales. La «tos de más de 15 días» ya no debe ser ignorada. En las consultas, se ven rostros de todas las edades, desde jóvenes estudiantes hasta trabajadores de oficina, derribando el mito de que esta es una enfermedad exclusiva de la pobreza extrema. Si bien la carencia económica sigue siendo el factor de riesgo número uno, la bacteria ha demostrado ser democrática en su contagio cuando la ventilación es pobre y el sistema inmune está comprometido.
Un diagnóstico que llega tarde
El problema principal en este repunte no es la falta de tratamiento, sino la demora en la identificación. La tuberculosis es una maestra del disfraz en sus etapas iniciales. Se confunde con bronquitis crónica, con alergias severas o, más recientemente, con secuelas de otros virus respiratorios. El paciente promedio que llega hoy a los servicios de salud especializados lo hace con una carga bacilar alta, habiendo diseminado la bacteria involuntariamente en su entorno familiar y laboral durante semanas.
Esta ceguera temporal ante la tuberculosis tiene un costo humano devastador. La crónica de la enfermedad narra historias de fatiga crónica, de fiebres nocturnas que empapan las sábanas y de una pérdida de apetito que consume la vitalidad. Cuando aparece la hemoptisis —la tos con sangre—, el daño pulmonar ya es considerable. Es en este punto donde la intervención médica deja de ser preventiva y se convierte en una batalla por salvar tejido pulmonar funcional y evitar la diseminación a otros órganos.
La resistencia: El nuevo enemigo
Sin embargo, el alza en los casos no es la única preocupación. Los laboratorios de referencia están reportando un incremento en las cepas resistentes a los fármacos tradicionales. El tratamiento de la tuberculosis es largo y exigente; requiere una disciplina férrea durante al menos seis meses, combinando múltiples antibióticos potentes. Cuando un paciente abandona el tratamiento al sentirse mejor —usualmente al segundo mes—, no solo recae, sino que entrena a la bacteria para sobrevivir.
La tuberculosis multirresistente (MDR) es el verdadero fantasma que recorre los sistemas de salud globales. Curar a un paciente con esta variante es mucho más costoso, tóxico y prolongado, pudiendo extenderse hasta dos años. En este 2026, la lucha ya no es solo por curar, sino por garantizar la adherencia terapéutica a través de estrategias de supervisión estricta (TAES), donde el personal de salud o un familiar vigila cada toma de medicamento.

Factores sociales en la ecuación
No podemos hablar de este repunte sin abordar los determinantes sociales. La movilidad humana, las migraciones y el hacinamiento en las periferias de las ciudades son combustibles para la tuberculosis. En un mundo globalizado, la salud respiratoria de uno es la salud respiratoria de todos. Los expertos en salud pública insisten en que combatir esta alza requiere más que medicinas; requiere ventilación adecuada en el transporte público, mejores condiciones de vivienda y una nutrición que fortalezca las defensas naturales del cuerpo.
La diabetes mellitus, una epidemia paralela en nuestro país, juega un rol crucial. Los pacientes diabéticos tienen un riesgo mucho mayor de desarrollar tuberculosis activa. Esta sindemia (la suma de dos epidemias que se potencian) es uno de los mayores retos para el sistema de salud mexicano actual. El control del azúcar en la sangre se vuelve, indirectamente, una medida de prevención contra el bacilo.
Síntomas y acción inmediata
Ante este panorama, la información es la primera línea de defensa. ¿Cuáles son las señales que no debemos ignorar?
- Tos persistente: Si dura más de dos semanas, con o sin flema.
- Fiebre vespertina: Esa calentura suave que llega por las tardes-noches.
- Sudoración nocturna: Despertar mojado en sudor sin razón climática.
- Pérdida de peso: Adelgazar sin dieta ni ejercicio.
- Cansancio extremo: Una fatiga que no se quita con dormir.
Si presentas estos síntomas, la prueba de baciloscopia es gratuita en el sector salud y es la llave para frenar la cadena de transmisión.
Conclusión: Un llamado a la conciencia colectiva
El repunte de la tuberculosis respiratoria en 2026 nos obliga a sacudirnos la complacencia. No es una enfermedad del pasado, es un desafío presente y urgente. La medicina tiene las herramientas para curarla, pero la sociedad tiene la responsabilidad de detectarla.
Ignorar esa tos persistente no es valentía, es riesgo. Erradicar la tuberculosis es una meta que se ha pospuesto demasiadas veces; hoy, con las cifras al alza, el compromiso debe renovarse. Proteger nuestros pulmones implica volver a lo básico: buena ventilación, higiene, nutrición y, sobre todo, atención médica oportuna. Que este repunte sirva, al menos, para recordarnos que la salud respiratoria es un tesoro que se defiende cada día.








