Por Redacción | 03 de enero de 2026 | 13:30 hrs
Con la reciente captura de Nicolás Maduro y el fin de su régimen, se cierra uno de los capítulos más traumáticos en la historia moderna de Occidente. No se trata solo de la caída de un dictador, sino del fin de un experimento político que transformó a la nación más rica de Sudamérica en un caso de estudio sobre la destrucción estatal. La Venezuela de Maduro no fue víctima de un desastre natural ni de una guerra externa convencional; fue víctima de un desmantelamiento sistemático desde adentro.
Para comprender la magnitud de lo que hoy celebra gran parte del mundo, es necesario realizar una autopsia de estos 13 años. ¿Cómo se evaporó la riqueza? ¿En qué momento se rompió el pacto social? A continuación, presentamos un análisis integral sobre el deterioro en tres ejes fundamentales: economía, democracia y seguridad.
El Colapso Económico: De la bonanza a la ruina
El dato más contundente de la Venezuela de Maduro es la contracción de su Producto Interno Bruto (PIB). Entre 2013 y 2021, la economía venezolana se contrajo un 80%, una cifra que los economistas suelen asociar únicamente a países en guerra civil total.
La destrucción de PDVSA
Cuando Maduro asumió el poder tras la muerte de Hugo Chávez en 2013, el barril de petróleo rondaba los 100 dólares. Sin embargo, la corrupción y la falta de inversión ya corroían a la estatal PDVSA. Bajo la gestión madurista, la producción cayó de casi 3 millones de barriles diarios a menos de 700,000 en sus peores momentos. La «gallina de los huevos de oro» fue sacrificada: refinerías paradas, personal calificado purgado y gerencia militar incapaz.
Hiperinflación y el bolívar soberano
La Venezuela de Maduro ostentó el triste récord de una de las hiperinflaciones más largas de la historia. El Banco Central, convertido en una imprenta de dinero inorgánico para financiar el déficit fiscal, destruyó el valor de la moneda. Se le quitaron 14 ceros al bolívar en tres reconversiones monetarias, pero el poder adquisitivo del venezolano se pulverizó. En 2018, la inflación superó el 130,000%, obligando a la población a adoptar el dólar estadounidense de facto para sobrevivir, creando una economía de dos pisos: una minoría con acceso a divisas y una mayoría condenada a la miseria en bolívares.
La «Burbuja» y la desigualdad
En los últimos años del régimen, se intentó vender una narrativa de «Venezuela se arregló». Fue un espejismo. Se permitió una dolarización anárquica y la importación libre de aranceles que llenó los «bodegones» de productos de lujo, mientras los hospitales carecían de insumos básicos y el sistema eléctrico colapsaba diariamente.
La Muerte de la Democracia: El secuestro institucional
El deterioro político en la Venezuela de Maduro fue una obra de ingeniería autoritaria. A diferencia de las dictaduras militares del siglo XX, Maduro mantuvo una fachada electoral mientras vaciaba de contenido a las instituciones democráticas.

El punto de quiebre: 2015-2017
La derrota del chavismo en las elecciones parlamentarias de 2015 fue la señal de alarma para el régimen. En lugar de aceptar la cohabitación política, Maduro utilizó al Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) para declarar en «desacato» a la Asamblea Nacional, anulando el poder legislativo legítimo.
El golpe final llegó en 2017 con la imposición de una Asamblea Nacional Constituyente, un órgano suprapoderoso compuesto exclusivamente por leales, que usurpó funciones legislativas. Desde ese momento, la Venezuela de Maduro dejó de ser una democracia híbrida para convertirse en un régimen autoritario pleno.
El sistema de persecución
La democracia no solo muere por fraudes electorales (como los de 2018 y el descarado robo de 2024), sino por la eliminación de la disidencia. Se institucionalizó la figura del «preso político». Líderes como Leopoldo López, Juan Requesens y cientos de estudiantes pasaron por las celdas del SEBIN y la DGCIM. La «hegemonía comunicacional» cerró canales de televisión, bloqueó portales web y compró medios impresos, dejando a la población a merced de la propaganda oficial.
Seguridad: El Estado como amenaza
Paradójicamente, mientras el control político se endurecía, el Estado perdía el control territorial. La seguridad en la Venezuela de Maduro mutó de una crisis de delincuencia común a una gobernanza criminal compartida.
Zonas de Paz y Megabandas
En un intento fallido de pacificación, el gobierno creó «Zonas de Paz» donde la policía no podía entrar. Esto permitió el fortalecimiento de «megabandas» como el Tren de Aragua, que evolucionaron de pandillas carcelarias a organizaciones criminales transnacionales con presencia desde Chile hasta Estados Unidos. El régimen, incapaz de combatirlas, optó en muchos casos por pactar con ellas.
El terror de las FAES y los Colectivos
Para la población civil, el peligro venía de dos frentes: el hampa y la policía. Las Fuerzas de Acciones Especiales (FAES) fueron señaladas por la ONU como grupos de exterminio responsables de miles de ejecuciones extrajudiciales en barrios pobres. Paralelamente, los «colectivos» —grupos paramilitares armados afectos al gobierno— actuaron como fuerza de choque para reprimir protestas, operando con total impunidad bajo la mirada complaciente de la Guardia Nacional.

El Arco Minero del Orinoco
Al caer los ingresos petroleros, la Venezuela de Maduro buscó liquidez en el oro del sur del país. El Arco Minero del Orinoco se convirtió en una zona sin ley donde guerrillas colombianas (ELN y disidencias de las FARC) y sindicatos criminales operan la extracción de oro de sangre, causando un ecocidio irreversible y sometiendo a poblaciones indígenas a trabajos forzados.
La herida social: El legado final
El resultado de la destrucción económica, el cierre democrático y la violencia sistémica fue el éxodo. Más de 7.7 millones de venezolanos abandonaron el país bajo la Venezuela de Maduro. No fue una migración voluntaria; fue una huida de la emergencia humanitaria compleja.
Familias separadas, una generación de niños criados por sus abuelos y una fuga de cerebros que tardará décadas en recuperarse. El sistema de salud retrocedió a niveles de principios del siglo XX, con la reaparición de enfermedades erradicadas como la malaria y la difteria. El sistema educativo, con maestros ganando menos de 20 dólares al mes, colapsó en calidad y asistencia.
Conclusión: Tierra arrasada
Al analizar la Venezuela de Maduro desde la perspectiva de 2026, la conclusión es devastadora. El régimen no solo saqueó las arcas públicas; saqueó el futuro. La captura de Maduro ofrece una oportunidad de justicia, pero la reconstrucción del tejido social, la reactivación de la industria petrolera y la restauración de la confianza en las instituciones tomará mucho más tiempo que los 13 años que duró su gobierno.
La historia recordará este periodo como la prueba de que un país rico no es inmune a la destrucción cuando el sectarismo ideológico, la corrupción y la incompetencia secuestran el poder. Venezuela es hoy un país en ruinas, pero por primera vez en mucho tiempo, es un país con una posibilidad real de empezar a recoger los escombros.








