Por Redacción | 06 de enero de 2026 | 13:45 hrs
Es una escena común en cualquier restaurante, oficina o transporte público de este 2026: una persona desliza su dedo sobre la pantalla del celular, pasa un video de gatitos, luego una noticia sobre política, seguido de un clip explícito de una ejecución o una balacera en tiempo real, y finalmente, un meme de moda. El rostro del usuario no cambia. No hay mueca de horror, ni pausa para procesar la muerte. Sigue comiendo, sigue trabajando.
La violencia en México ha logrado su victoria más oscura: no solo ha conquistado territorios geográficos, sino que ha colonizado nuestra capacidad de asombro. A lo largo de las últimas dos décadas, el país ha transitado por un camino doloroso que va desde el shock colectivo hasta la anestesia total. Lo que antes paralizaba ciudades enteras, hoy es «ruido de fondo».
¿Cómo llegamos aquí? ¿En qué momento ver cuerpos colgados o decapitados dejó de ser una anomalía para convertirse en parte del paisaje cotidiano? Esta es la crónica de cómo la sociedad mexicana desarrolló una coraza de indiferencia para poder sobrevivir a su propia realidad.
Fase 1: La pérdida de la inocencia (2006-2010)
Hubo un tiempo en que la violencia en México todavía tenía la capacidad de escandalizar a nivel nacional. Los historiadores de la seguridad suelen marcar el punto de quiebre en 2006, con el incidente de las cabezas arrojadas a una pista de baile en Uruapan, Michoacán.
En aquel entonces, el país se detuvo. Los noticieros abrieron con esa nota durante semanas; la sociedad se preguntaba con genuino terror cómo era posible tal nivel de barbarie. No estábamos acostumbrados al lenguaje visual del narco. La violencia en México era, hasta ese momento, un asunto de «ajustes de cuentas» discretos, lejos de la mirada pública.
Sin embargo, la declaración de la «Guerra contra el Narco» sacó a la bestia a la calle. Empezamos a ver granadas en plazas públicas (Morelia, 2008) y masacres en fiestas juveniles (Villas de Salvárcar, 2010). En esta fase, el miedo era la emoción dominante. La gente se encerraba temprano, las carreteras se vaciaban de noche. El horror era nuevo, y por lo tanto, insoportable.
Fase 2: La escalada del Gore y el «Blog del Narco» (2011-2015)
A medida que la estrategia de seguridad se fragmentaba, la violencia en México mutó hacia el espectáculo macabro. Los grupos criminales, especialmente los Zetas, entendieron que el terror era una herramienta de marketing. Ya no bastaba con matar; había que exhibir.
Fue la era de los cuerpos colgados en los puentes peatonales de Monterrey, Veracruz y Tamaulipas. Pero ocurrió un fenómeno paralelo: la democratización del horror a través de internet. Sitios web sin censura comenzaron a publicar videos de interrogatorios y decapitaciones sin ningún filtro. La violencia en México se volvió viral.
Adolescentes en secundarias compartían estos videos por Bluetooth o WhatsApp como si fueran cromos coleccionables. Aquí comenzó la erosión de la empatía. Al ver la muerte a través de una pantalla pixelada, el cerebro humano comenzó a disociar. «Eso le pasa a los malos», nos decíamos para sentirnos seguros. La narrativa de «se matan entre ellos» funcionó como un sedante moral que nos permitió seguir con nuestras vidas mientras el país se desangraba.
Fase 3: La desaparición como arma de terror (2014-2018)
Si los cuerpos expuestos generaban shock, la ausencia de ellos generó una angustia crónica. El caso Ayotzinapa en 2014 marcó un hito en la percepción de la violencia en México. Nos dimos cuenta de que el Estado y el crimen podían ser indistinguibles.
Pero incluso la tragedia de los 43 normalistas, que movilizó al mundo, eventualmente se diluyó en la fatiga informativa. Las fosas clandestinas comenzaron a brotar en Veracruz, Jalisco y Sonora. Colectivos de madres buscadoras escarbando la tierra con picos y palas se volvieron una imagen recurrente.
La violencia en México adquirió una cualidad fantasmagórica. Ya no era solo el miedo a morir, sino el miedo a desaparecer. Sin embargo, la repetición constante de hallazgos macabros provocó un efecto de saturación. Escuchar «hallaron 15 cuerpos en una fosa» dejó de ser noticia de primera plana para convertirse en una nota breve en la página 10. La cifra se volvió estadística, y la estadística, por definición, no tiene rostro ni alma.
Fase 4: La brutalidad en tiempo real y el streaming (2019-2023)
Con la llegada de las redes sociales de video corto y el streaming en vivo, la violencia en México se volvió inmediata. Ya no esperábamos al noticiero de la noche; veíamos las balaceras en tiempo real en Twitter (ahora X) o TikTok.
El «Culiacanazo» de 2019 fue el epítome de esta fase. Vimos a una ciudad moderna tomada por ejércitos de sicarios con armas calibre .50, transmitido en vivo por ciudadanos atrapados en el fuego cruzado. Luego vino el horror de Lagos de Moreno en 2023, donde la crueldad alcanzó niveles inimaginables al obligar a las víctimas a agredirse entre sí.
En esta etapa, la sociedad mexicana ya estaba rota. La indignación duraba lo que duraba la tendencia en redes sociales: 24 o 48 horas máximo. Después, el siguiente escándalo, el siguiente meme, la siguiente distracción. La violencia en México se convirtió en contenido de consumo rápido. Nos volvimos espectadores pasivos de nuestra propia tragedia, incapaces de procesar el dolor antes de que llegara el siguiente golpe.
Fase 5: La inmunidad total y el «ruido de fondo» (2024-Presente)
Hoy, en 2026, habitamos la fase final: la normalización absoluta. La violencia en México ya no interrumpe la fiesta; convive con ella. Hemos desarrollado mecanismos de defensa psicológicos sofisticados. Sabemos qué carreteras no tomar, a qué hora no salir y qué no decir. Hemos integrado el protocolo de supervivencia a nuestra rutina diaria como quien se lava los dientes.
Las imágenes gráficas ya no nos quitan el apetito. Hemos visto tanto, que el umbral para sorprendernos es casi inalcanzable. Esta «inmunidad» tiene un costo altísimo: la deshumanización. Cuando un cuerpo tirado en la calle se convierte en un obstáculo de tráfico y no en una tragedia humana, algo fundamental se ha roto en el tejido social.
La violencia en México ha triunfado culturalmente porque nos ha convencido de que es inevitable. La frase «así es esto» o «aquí nos tocó vivir» son los epitafios de nuestra esperanza colectiva.
Conclusión: ¿Es reversible la indiferencia?
Mirar hacia atrás a estas dos décadas es un ejercicio doloroso pero necesario. La violencia en México no se resolverá únicamente con estrategias policiales o militares; requiere una reconstrucción emocional de la nación.
Hemos aprendido a no mirar, a no sentir y a no llorar para poder seguir funcionando. Pero esa coraza que nos protege también nos aísla. Romper la normalización implica volver a sentir el dolor ajeno como propio, volver a indignarse, volver a negarse a aceptar que la barbarie es nuestro destino natural.
La pregunta que queda en el aire este 2026 no es cuántos muertos más habrá, sino cuánto silencio más estamos dispuestos a soportar. Porque la verdadera derrota no es la inseguridad en las calles, sino la indiferencia en nuestros corazones ante la violencia en México que sigue devorando el futuro.








